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Una hermosa historia de entrega a la curación

ACERCAMIENTO INICIÁTICO A TRAVÉS DE LA APLICACIÓN DE LAS TÉCNICAS DE CURACIÓN.

Por Philippe Du Pasquier
Osteópata

 


Si el sueño del camello es
pasar por el ojo de la aguja,
el del terapeuta es
el de sentir la mano de Dios.

No hay humo sin fuego, ni curación sin misterio.

 

En el curso de mi vida... La primera experiencia de curación, en la cual se mezclan la fe y la increíble curación fue en un monasterio Tibetano.

Fue después de la huida de las comunidades que siguieron al Dalai-Lama. Monjes y Lamas estaban reconstruyendo una vida social y religiosa en las faldas indias del Himalaya, cerca de Darjeling. Allí las llagas infectadas no cicatrizaban, los intestinos no reconocían ya ni sus costumbres ni a sus habitantes. Tanto el cambio de altitud, como de clima y de alimentación, era fuerte y violento.

Me habían dicho de llevar un buen botiquín, tenía un litro de mercurio-cromo, unas curitas, unas aspirinas, algunas esencias de plantas: tomillo, lavanda, salvia... Era todo. Cuando abría mi puerta en la mañana, había cola. Los habitantes del pueblo y los monjes esperaban en silencio, los pies les supuraban, tenían una tos muy fuerte, unas fiebres terribles... Bueno, imposible de quedarse sin hacer nada y por milagro, las pocas curaciones que permitía el escaso material de mi botiquín, daba resultados sorpresivos; las cicatrizaciones se hacían con ¡velocidades impresionantes!

Ahí descubrí que se me había confiado un papel mucho mayor al de mis aspiraciones, de mis capacidades y de mis conocimientos. Prestaba mi mano y mi imagen de "peregrino europeo" para reconfortar a esos monjes, la conjunción era como mágica. Ese lugar que era para mí como la imagen del conocimiento y del respeto a los Dioses, me recibía y me ofrecía ese papel. 

Al mismo tiempo, aprendía a estar mas allá del tiempo y del lugar, proyectado en la vida, ya no me estaba permitido dudar.
Aprendía también a valorar el poder del OM, la fuerza de la prosternación y el sabor excepcional del té salado con mantequilla rancia que se servía en la ceremonia de la mañana.
Aprendía en el contacto con los Lamas médicos, los límites de mis curaciones y los poderes y límites de las suyas.

Todos los días iba a darle masaje a un Lama, guardián del templo, que tenía una oclusión intestinal. Todos sabían que estaba por morir, yo luchaba para liberarlo de la oclusión, mientras él recibía a los Lamas uno tras otro y a cada uno ofrecía un té y una galleta. Por seguir la tradición, él tenía que comer también y eso le ocasionó la muerte. Pero era así, tuve que aceptarlo yo también. Descubrí que él ya lo sabía; que había preparado su muerte, durante una semana entera de ceremonias y otra después.

En fin me permitió conocerlo un poco y acercarme a la muerte con dignidad... Con esto se abrió en mí una vía espiritual con la cual he tenido que viajar por la India, meditar, experimentar el poder espiritual hasta en la sexualidad. En todos lados había que curar, en todos lados había que aprender y conservar una apertura total.

El yoga fue mi primer descubrimiento de los límites de mi propio cuerpo, de mis miedos, de la aceptación del dolor. Todos los días volver a empezar, sin progreso; el cuerpo sólo perdía un poco de su carne, pero la flexibilidad al contrario no progresaba.

Ahí pude apreciar una vida donde lo espiritual se sobrepone a lo material y lo corporal...

¿Era necesario escoger? ¿Vivir en este mundo o bien ir más allá? 

¡No se puede escoger! Vivir porque hemos nacido aquí para experimentar, para ser iniciados y para transmitir.

Es lo que por fin descubrí en 1978, en la India, tenía 28 años.

De regreso a Francia, las personas me invitaban a participar en unos talleres de yoga, porque ahora el universo vibraba de distinta manera cuando meditaba. Luego encontré al Maestro Deschimaru quien me permitió seguir esa vía sin perderme, sin huir de lo social y sin miedos. ¡La vía del tigre! el rugido interior. La respiración. Experimenté la fuerza de las ceremonias, el poder del soplo, la precisión de la voz y el gesto, el no tener miedo.

Siete años encontrándome con el zafu (cojín de meditación) un día duro, otro bajo, las rodillas con dolor, el tiempo inútil, a veces la fe magnífica, a veces el abismo. Nada más el ejercicio de lo que es nada. 

La expiración, profunda, tranquila.
¿De dónde viene esta emoción? ¿A dónde va? ¿Qué queda de ella?

Viví en la montaña, campesino y escuchando el soplo de la naturaleza. Ahí fue el aprendizaje de las plantas, manejar las energías de las personas, los animales, los lugares (con el maestro Kishi, monje schinto) y experimentar las múltiples maneras posibles de cura, hablar con los elementos: con los árboles, con los animales silvestres, amar en grande y hacerlo saber, ser ayudado en esta búsqueda y ayudar a los que lo piden... hasta el día en que se me dijo: no necesitas ya a nadie, ve, ahora arréglatelas con los Dioses. Era la voz del Druida en el curso de la ceremonia de "entronización".

Druida volví a conectarme con mis orígenes, los lugares, las ceremonias, la transmisión. 

Así tuve que terminar solo mi educación, bueno no verdaderamente solo, porque tuve la suerte de encontrar un maestro Osteópata quien me ha enseñado las técnicas más finas de curación en el curso de este principio de siglo, en las cuales las ciencias y las humanidades todavía se dan la mano.

¿Qué sucede ahora con esta transmisión? Toma la forma de cursos estructurados, pero pide a los alumnos de aceptar lo imposible, de poner todas sus fuerzas en la búsqueda de sí mismos, de adquirir el gesto perfecto y la paciencia, renunciar a si mismos para acceder al otro.

Todo esto ¿con qué fin? ¡No hay otro objetivo! simplemente ir juntos en el camino, saber dónde poner el pie sin dudar, tener la certidumbre de estar en el buen camino y amar hasta no sufrir más.

Las técnicas de curación son perfectas para aprender sobre sí mismos, sobre el otro, aprender a ver las emociones, hacer su trabajo, aprender del cuerpo y del espíritu, de los miedos y de las enfermedades.

La técnica se convierte en el bastón del peregrino, la curación en su misión, recibir de la mano de Dios la suerte de curar es un regalo supremo que hay que depositar a los pies de la victoria para que entienda que nada está ganado (seguro).

Existen todo tipo de técnicas de curación, buenas cuando están escogidas a propósito y en el momento oportuno, buenas cuando permiten llevar al paciente a conocerse un poco mejor, a quererse un poco más, a adquirir un poco de libertad. Cuando existen energías benéficas que se liberan así de una sesión de curación, todo el mundo las aprovecha, el paciente, el terapeuta y el entorno, es un gran regalo para compartir.

Esta experiencia la he hecho muchas veces y ¡es mi alimento celeste! Mi alegría de vivir.

¿Para qué curar?

¿Para qué amar?

¿Cuál es la ultima palabra de la acción, de actuar, de entrar en comunicación, de ganar sobre la naturaleza?

¿Cuál es este frenesí humano de oponerse al destino, de querer el bien, de querer ser el más fuerte hasta el punto de hacer guerras, de matar, de destruir, de amar la sangre del otro?

¿Cuál es esta incomprensión, esta incompetencia de no saber dónde ubicarse, a quién amar, qué comer?

¿Cuál es esta locura rabiosa que no permite encontrar al otro por miedo de encontrarse a sí mismos?

¿Quién soy pequeño hombre?

¿Quién ha tomado la felicidad del mundo?

¿Quién esconde la luz serena?

¿Quién ha guardado para sí la poesía?

¿Quién?

El que construye el futuro obstruye al presente, el que construye una vía espiritual se corta de la libertad de conocer a Dios. Aquí y ahora nada es más sencillo nada es más hermoso nada está escondido. 

Noventa por ciento de la luz se queda sin ser vista, está allí para quien quiera abrir su ojo, abrir su corazón.

¿Quién llora sobre la tumba obscura cuando la luz emana de la vida y de la muerte?

El gran mantra Zen de la mañana termina así: vamos, vamos, vamos juntos, más allá del más allá, sobre las orillas del Satori.

Saludo a los maestros que han guiado mis pasos sobre este camino. Sé que la verdadera vía no se construye, es creación aquí y ahora, y que los pasos del maestro se borran sobre la arena húmeda.

Que así sea

Philippe Du Pasquier

Si quieres saber más acerca de Philippe, sus tratamientos y talleres, escríbenos a Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.