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Espejismos

Psic. Alejandro Juárez Buchán

¡Pero imaginemos que el yo no mata al instante;
de inmediato, el instante es el que mata al yo!
Pero eso nunca es tan perfectamente instante
más que en la muerte...

El no-saber

Georges Bataille

 

I

 

Desde la psicología clásica, el yo es un elemento esencial de fortaleza, sede de la personalidad y parámetro de diagnóstico en la gravedad de algunas patologías. Es común escuchar los términos clínicos "yo débil", "rompimiento del yo", "yo auxiliar" y demás combinaciones de la jerga terapéutica.

Asimismo, el yo traza un vínculo fundamental con el nombre, generando identidad; pensemos que ante la pregunta vulgar de quiénes somos, acostumbramos responder con el apelativo cuyo origen, bien puede remontarse a la neurosis de nuestros propios padres. 

Ellos nos bautizan...

En fin, llamarnos de un modo u otro suele definirnos y dar cuenta de nosotros. El nombre llega a ser un fastidioso sello que termina por inscribirse en nuestro epitafio junto con alguna frase, por lo general banal, que colorea la superficie de nuestra lápida.

Nombre y yo son acompañantes incómodos de la existencia, también, eslabones de las cadenas que sujetan las vías reales de expansión y liberación.

Es en honor al yo que se erigen construcciones imaginarias para soportarlo y proyectarlo: carreras profesionales, títulos académicos, estatus laborales, acumulación económica, posesiones y miles de otros elementos que alimentan la vorágine del nombre y terminan por indicar que la vida siempre está en otra parte. Nombre plagado de fantasmas y que tarde o temprano confirma su ilusión, su presencia espectral y engañosa. Una medusa que al mirarse a sí misma se desnuda en su horror y fantasía.

El yo es una fascinación paralizante, combinación de encanto y piedra. Tiempo muerto encapsulado sobre sí mismo. ¡Oh añoranza del mito de Narciso!

 

II

Las ostentaciones del yo no son un accidente cronológico que haya destinado al ser humano a una búsqueda material y gloriosa, al que además pudiésemos ubicar, por ejemplo, en el nacimiento de la generación yuppie, experta en megalomanía.

Claro está que no niego las modificaciones históricas al papel de la identidad, del nombre mismo y de la condición yoica, pero no cabe duda que el glamour, las posiciones de poder y otros desfiladeros del yo nos persiguen desde Roma hasta nuestros días, incluso desde antes, remontándose a un tiempo difícil de situar y que pertenece más bien a una esfera mítica, casi estructural. He ahí la alusión a Narciso, explicando que si bien el yo es tan antiguo como la existencia, no es capaz de definirla ni aprehenderla. Existencia y yo no son sinónimos.

El yo es un elemento interno que casi nos constituye, y al cual, todos hemos atisbado en algún momento, sorprendiéndolo en su clara seducción.

Diciéndolo a la manera antigua, el yo bien podría ser un demonio, pues aún y cuando la ciencia y la tecnología han ridiculizado las presencias malignas, no han sido suficientes las demostraciones para cegarnos respecto a que en la actualidad los demonios caminan plenamente encarnados y representados en sus sacerdotes y sacerdotisas.

Mirar así la guerra que acecha a la vuelta de la esquina...

No han bastado los exorcismos que expulsen aquello que nos guía en favor de nuestro nombre o del nombre de nuestras naciones, de demás y demás ilusiones. No hemos tenido lo necesario para trascender ese yo, en apariencia luminoso, pero que en el fondo representa tiniebla y falta de lucidez, falta de una verdadera comprensión de nosotros y del mundo. El yo dificulta la fusión, el entendimiento.

Ahora bien, las reminiscencias a estas especies de demonios medievales no es gratuita, recuerdan que aún y en las etapas más oscuras de la historia como lo es la Edad Media, las experiencias de búsqueda y de trascendencia se consolidaron a través de una mística notable, inaugurada por los primeros santos. Encontramos en dichos ejercicios espirituales una disolución precisamente de la identidad, una vía de evaporación yoica que facilitaba la conjunción con Dios, un ejercicio del todo y nada que orientaba la existencia hacia otra parte.

No obstante, la vía del asceta no ignoraba el sufrimiento, sino que lo implicaba como una norma del camino espiritual, al tiempo que incitaba un abandono total de la vida mundana, dando sólo cabida a la aceptación irrenunciable de la vida contemplativa.

Tales experiencias bien podrían haber fijado precedentes a las vías occidentales de experimentación y disolución del yo, caracterizadas por un papel convulsivo. Experiencias límite que aventaban al individuo a otros parajes a través de mezclas tanático-contemplativas: uso de drogas, flagelaciones, martirios, ayunos y otros métodos que implican al cuerpo, prolongando el dogma cristiano de salvar el alma aún a costa del cuerpo y reiterando la división entre la materia y el espíritu.

No me detendré para examinar una a una las diversas vías de éxtasis y fragmentación yoica, basta con subrayarlas y dejar en claro la caracterización cristiana que pesa sobre ellas y en las que en algún momento se pensó que podían descentrar al hombre de sí mismo, pese a la violencia implícita que contenían y contienen.

Ante ello se vislumbraron alternativas, dando paso a la posibilidad de elección, pues en el reconocimiento de que esas vías son martirizantes, la mirada cambió de dirección hacia otros horizontes y muy al pesar del yo occidentalizado, la vista se dirigió hacia donde curiosamente sale el sol: Oriente. Sobre todo, avanzado el siglo XX y en nuestros días, las puertas se abrieron a otro tipo de vertientes.

El budismo reconoció el sufrimiento, pero también, propuso caminos para abandonarlo. A través de la práctica meditativa es factible alcanzar el nirvana, trascender la pesadez del yo, sus espejismos y acceder a la verdad del mundo, prescindiendo de la tortura y del martirio y erigiendo acaso la moderación como la vía del éxtasis. La sencillez vista en su más luminosa grandeza.

Así, los preceptos budistas no asumieron un alma que salvar, la penitencia y la culpa se evaporaron como otras fantasías. El budismo se incluyó en el movimiento universal, con sus leyes y excepciones. No hizo más que incorporar al hombre a la fluidez de los astros, de los animales y de las plantas, reconociéndolo parte del todo y nada que representa el cosmos.

Es tal vez el budismo la vía más pacífica y congruente de abandono de límites, la eficaz manera de trascendencia de las pretensiones yoicas, mientras se les desenmascara en su total absurdo y banalidad.

La eterna sonrisa de Buda...

 

III

Fuera de un modo u otro el hombre reconoció en el yo y en su nombre un estorbo que amerita trascendencia, evaporación. Pero independientemente de los caminos que elija para transformarse e independientemente de que lo desee o se haya percatado, la muerte le reservó un momento.

Tarde o temprano, el hombre abandona su yo cual si fuese un vestido que ha servido para la fiesta, pero que no es más utilizable. El hombre encuentra en la muerte su disolución y tal vez, la reincorporación definitiva al mundo.

Bajo el sino de Occidente, la muerte se ha matizado de tragedia, se ha convertido en un evento fáustico e indeseable, pero más allá del dolor natural que pueda provocar el desprendimiento, la muerte es el instante justo donde las posesiones, los bienes, los títulos y demás monumentos yoicos se confiesan prescindibles y también, ridículos. Por eso, la muerte seguramente se acompaña de una carcajada estruendosa y una sonrisa pacificadora.

De este modo, habiendo transitado o no los caminos de experimentación, siendo pasajeros o no de las vías de éxtasis pacíficas o violentas, confesándonos practicantes budistas o no, denominándonos místicos o no, cerraremos los ojos para aguardar...

Por sobre el yo y a través de su disolución, habrá que dejar entrar el silencio, dejarse invadir por el silencio, saber que uno es silencio, abandonar los burdos límites del cuerpo y abrir la conciencia como una flor.

Psic. Alejandro Juárez Buchán