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De mundos, islas y soledades

Por María Gabriela Dumay

Hace muchos años el filósofo ruso Peter D. Ouspensky (1878-1947), acuñó la "teoría de la separatividad". Que más tarde recogiera e hiciera suya, magistralmente, el gran escritor mexicano Octavio Paz, en su "Laberinto de la Soledad".

Contrariamente a lo que sucede con la ciencia que se corrige a sí misma y cambia constantemente, muchos son los principios filosóficos emitidos, a veces hace siglos, que continúan siendo válidos en nuestros días. Entre ellos la teoría de la separatividad.


Sostiene Ouspensky que uno de los miedos primigenios del ser humano es, exactamente la separatividad; "la condición de ser único y separado". Durante nueve meses, los de la gestación, el humano vive en unión simbiótica con la madre, forma uno con el organismo gestor. Nacer significa ser separado, iniciar una vida aparte en que se convierte en uno y en que ese "uno" está solo. A partir de ese momento el ser humano luchará permanentemente por romper esa condición de separatividad, que la vida se empeña en reiterarle. El destete, la entrada a la escuela, el cambio de colegio, la pérdida de un maestro o de compañeritos, todas son circunstancias que le reiterarán su condición de "ente separado"

¡Claro Ouspensky no tiene la culpa de nuestra soledad! él sólo definió su origen. Lo que probablemente no sospechó el buen Peter, es que a medida que la población del mundo aumenta, las ciudades se hacen más grandes, los medios de comunicación más eficientes y todo se globaliza, la soledad también crece y la desesperación de los individuos por romper esa "separatividad" inicial se hace cada vez más aguda.

Los millones de personas de esta gigantesca "Aldea Global" que es la Tierra, luchan a brazo partido por su propio espacio, como diría mi nieta: "se compran su biombo, mastican su chicle y viven su medio metro de tierra". Lo más triste es que lo viven en soledad. Parecen mirarse unos a otros con recelo, con desconfianza, sabedores de que el "otro", el que se cruza con ellos en la calle, el que comparte el asiento del avión, o del autobús, es "muy otro", diferente y aislado y eso lo hace sospechoso, se anticipa un choque de intereses, y cada quién se parapeta detrás de su propio biombo, para este caso el libro o la revista, o la simple contemplación de las nubes o el paisaje.

Sin embargo, la necesidad de romper con la sensación de "separatividad" hace que los individuos se agrupen, a veces en torno a intereses comunes, quizá en términos socio-económicos, o simplemente como coetáneos. Veamos solamente ese enorme archipiélago llamado Ciudad de México. ¿Has pensado alguna vez cuántas islas lo componen? ¿Cuántas formas de vida diferentes conviven, o mejor dicho, no conviven en su interior?

Cuando hace poco se estrenó la película "Amores Perros", muchos nos quedamos asombrados ante esos mundos desconocidos. Confiesen ¿alguno de ustedes sabía o imaginaba siquiera esos lugares siniestros de las peleas de perros? Claro, todos sabemos que Las Lomas constituye una isla, rodeada por islas afines aunque levemente diferentes, como son La Herradura, Lomas Altas y Polanco. Mientras otra isla de características semejantes la forman San ángel y El Pedregal, cada colonia tiene una fisonomía, un estatus, un ritmo de vida y sus isleños tienen formas similares de vestirse, de hablar. Como decía mi abuela "todos somos iguales, pero habemos unos más iguales que otros". O dicho en forma más popular "a cada burro su mecate".

Alguien me dijo que en el Distrito Federal había que escoger novia por la colonia y no por sus atractivos. ¿Se imaginan a un muchacho de la tercera Sección de la Aragón con novia en Naucalpan? ¡Esa si que iba a ser separatividad!

Aparte de estas islas territoriales con claros ribetes socio-económicos, los seres humanos continúan construyendo sus islas, quizá para sentirse así acompañados, para sentir que forman parte de un grupo de individuos con características similares. Le preguntaba yo a una señora que había encontrado en determinada Iglesia a la que acudía a diario, su respuesta fue sorprendente; "Encuentro gente y, a lo mejor, mi hija encuentra novio." Más o menos la misma razón por la que se agrupan las chicas de los clubs de fans, del heavy metal, o de la generación X. El hambre de pertenecer, de ser reconocidos, el pavor a la individualidad nos ha ido convirtiendo en "pandilleros", deseosos de identificación, marcando territorios aunque más no sea en términos de ubicación espacial, o de forma de vestir, peinarse, hablar. ¿Acaso no es ese el propósito, sociológicamente detectado, que hace que los jóvenes creen esos lazos tan fuertes entre miembros de una pandilla?

Hace algunos días (que no haría yo por ustedes) entré a visitar varias comunidades de internet, los llamados chats, los hay de todo tipo, desde los que se forman alrededor de un tema como; juegos, esoterismo, cine, etc., hasta los desembozadamente sexuales. Descubrí dos cosas: La primera, que estos lugares virtuales también constituyen islas, donde los participantes, todos ocultos bajo un seudónimo (nick), se han convertido en habituales, se reconocen, se aceptan o se rechazan, tienen preferencias o simpatías, forman sus propias sub-islas, pero todos se unen a la hora que "entra" alguien nuevo para mostrar su sentido de comunidad. 

También descubrí hasta qué punto la relación virtual está sustituyendo a las relaciones intra-personales. Y en qué forma el "nick" enmascara o desenmascara la verdadera personalidad. No me causó asombro ni malestar la existencia de comunidades gays o lésbicas, cuyo agrupamiento me pareció abierto y honesto, pero si me impactó el uso de personalidades encubiertas, esto es; hombres gays que entran como mujeres o al revés, me impactó por el grado de soledad de esas personas y también, por el grado de deshonestidad implícito en el juego.

La red no es un lugar para conocer personas que más tarde puedan convertirse en relaciones reales, es un sustituto de lo real y eso, amigos, es muy doloroso. ¿Cuál será entonces el destino de la humanidad? ¿Nos iremos convirtiendo cada vez más en "islas"? ¿En entes solitarios? Al menos yo no deseo que eso nos suceda, y me pregunto cómo podríamos detener la escalada de la incomunicación. Se me ocurren algunas respuestas.

- Creo que el primer punto consiste en aprender antes que nada a comunicarnos con nosotros mismos, plantearnos una apertura hacia nuestro mundo interior, mirarnos en un espejo mental y averiguar verdaderamente quién y cómo somos. Sin adornos, sin ocultamientos.
- Una vez descubiertos nuestras tendencias, nuestras limitaciones, nuestras cualidades y defectos, tendríamos que aprender a aceptar y amar a esa persona que verdaderamente somos. Eso implica también el reconocimiento de nuestra condición de entes separados, nuestra uniquidad, el saber que no existe una relación simbiótica que vaya a atenuar nuestra sensación de separatividad.
- El siguiente paso consistiría en darnos la oportunidad de conocer a los demás, comunicarnos con ellos como antes lo hicimos con nosotros mismos, sin anteponer el prejuicio o el temor (se teme aquello que desconocemos), escuchándolos realmente, no sólo con los oídos sino también con los ojos, porque una actitud corporal, una expresión o un gesto pueden revelarnos los rasgos más ocultos, lo que las palabras no dicen.
- Luego, podemos aprender a aceptar y amar a los demás como aprendimos a amarnos nosotros mismos, no porque sean como queremos que sean, sino solamente porque son, porque existen, porque están ahí, sin anteponer juicios ni prejuicios.

Sólo cuatro puntos, pero que podrían hacer la diferencia entre la integración, la verdadera comunidad, o esa condición de separatividad ¿Vale? 

Antes de cerrar este artículo quiero compartirte algo: Yo escribo para ti, no sé si lo hago bien o mal pero, por encima del estilo literario, busco comunicarme, establecer un lazo afectivo, no con una masa anónima de lectores sino contigo. Contigo que me lees justamente en este instante.

Con amor.

Por María Gabriela Dumay

Cortesía de Destino Morelos