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De sueños y realidades

Por Psic. Alejandro Juárez Buchán

 

Anoche tuve un sueño, llegó a enunciar el maravilloso Luther King, precediendo el célebre discurso que quizá le costó la vida, pero sobre todo, prediciendo una hermandad pocas veces vislumbrada. Luther King había anunciado la paz, pero los eternos corazones en guerra no estaban dispuestos a escucharlo. Lo callaron, y así, Luther King se volvió un sueño con su sueño. Uno más y uno de tantos.

Cada mañana, cuando miles de párpados se abren, nuestra conciencia no puede hacer a un lado lo que apenas ha acontecido: anoche, tuvimos un sueño.

Ya en su momento, los Beatles cantaron Hello, goodbye, poniendo de manifiesto la paradoja que aquello envuelve: mientras unos saludamos el nuevo día, otros simplemente lo han despedido.

Aún y con eso, este artículo, escrito en la frontera del sueño y de la realidad, pretende señalar que más que una distinción radical entre ambas, existe una mezcla, una fusión en donde lo cotidiano se contagia de la magia, y la magia se contagia de lo cotidiano.

Por supuesto, no se trata de una nueva doctrina; sino de, y como todos los poetas saben, hacer de la vida un largo canto, un ejercicio cotidianamente mágico o mágicamente cotidiano, como se lo quiera. Al igual que tú, soy un sujeto perseguido por las imágenes. ¡Cuántas escenas! ¡Cuántos recuerdos sumados unos a otros! ¡Cuántas fotografías congeladas en la cabeza! Pálidas por el tiempo y significativas por la memoria. De ellas, una en particular: la del piano blanco en el que John Lennon virtió su Imagine.

En efecto, amo a Lennon no por pacifista, sino por su vida y sus consecuentes resultados: una música y una poesía sostenida por un ideal cada vez más implantado en la carne.

-Pero, ¿para qué el recordatorio del ilustre músico inglés?
-No para nada. Para saber de la dimensión del sueño que sostuvo a los 60, los 70 y aún fue exhumado en los 80, y al cual, el mismo Lennon consumó ególatramente:
I don´t believe in Magic.
I don´t believe in I-Ching.
I don´t believe in Bible.
I don´t believe in Tarot.
I don´t believe in Hitler.
I don´t believe in Jesus.
I don´t believe in Kennedy.
I don´t believe in Buddha. I don´t believe in Mantra.
I don´t believe in Gita.
I don´t believe in Yoga.
I don´t believe in Kings.
I don´t believe in Elvis.
I don´t believe in Zimmerman
I don´t believe in Beatles.
I just believe in Me.

... en su God, de 1971.

Será que ahora en la década del 2000, estamos benditos por nuestra paciencia, una vez que los grandes ídolos, las grandes creencias, los más y los más grandes han caído.

Bendita paciencia.

En su época, los hippies criticaron y condenaron el vacío de los tiempos, recurriendo incluso a sustancias que les explicaban la totalidad y la nada, dilema resuelto que generó una perfecta armonía con el mundo.

Hoy sin embargo, sentimos los tiempos vacíos. Nos apropiamos y devoramos para incorporar, rellenar ese agujero con creencias exprés, con drogas fugaces, con clichés, con más y más fetiches.

No soy un nostálgico, pues mi vida, que aún creo joven, no me alcanza para narrar las experiencias de los 60, pero sí soy un alma crítica como muchas otras, tratando, -como dijo Octavio Paz-, de ser hijo de mi tiempo.

Así, dentro del escaparate más cercano que uno pudiera pensar de sueños y realidades, no sólo figura la poesía, la literatura, la música y el arte en general. El psicoanálisis por ejemplo, tomado de la mano precisamente del arte y de la filosofía, también ha intentado dar cuenta de la experiencia onírica.

No es un azar que el surrealismo, -corriente artística y estilo de vida entre cuyos fundamentos destacaba la libertad psíquica, vía la ejecución de los sueños (actos mágicos)-, haya estado tan vinculado y pendiente de los avatares psicoanalíticos.

Que en su quehacer los psicoanalistas hagan una interpretación de los sueños no es algo nuevo, pero que en la realidad se dé un espacio al deseo expresado en nuestro sueño, es otra cosa. 

¿Podrá llevarnos a ello el tiempo recostados en el diván?

Lo anterior abre un dilema en la medida en que nos cuestionamos sobre la verdad de nuestras vías de realización en la actualidad: el arte, el psicoanálisis, la psicoterapia, la meditación, la religión, etc. 

O acaso, ¿serán sólo muletas en el tránsito de la existencia?

Pregunta ante la que me confieso incapaz de responder, pero ante la que igualmente planteo otra más, ya que en una inspiración budista, de pregunta en pregunta, quizá se alcance la respuesta...

¿Tendremos frente a nosotros el puente que en verdad nos enlace con nuestros sueños?

Al otro lado, apenas amanece, y aquí, como en la vida de todos, el ocaso empieza a llegar, cerrando el día y abriendo la noche.

Tal y como alguien que fantásticamente ha visualizado en sus sesiones con el terapeuta una lámpara maravillosa, detonante de todas sus inspiraciones, nosotros por nuestra parte, luego de estos caminos fronterizos en los que ha acechado la realidad, transmitimos el deseo por otro anuncio, otra premonición, como la que en algún momento, el buen Luther King tuvo.

No creo en la Magia. 

No creo en el I-Ching.
No creo en la Biblia.
No creo en el Tarot.
No creo en Hitler.
No creo en Jesús.
No creo en Kennedy.
No creo en Buda.
No creo en el Mantra.
No creo en el Gita.
No creo en el Yoga.
No creo en Reyes.
No creo en Elvis.
No creo en Zimmerman.
No creo en los Beatles
 
Sólo creo en Mí.

 

Por: Psic. Alejandro Juárez Buchán