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Brillo y opacidad del sexo

Psic. Alejandro Juárez Buchán

No hace mucho que por el avance tecnológico se inició la saturación de información e imágenes, principalmente a través del Internet. Considerando la franca repercusión que ello tiene en nuestras vidas, es posible asumir que nuestra propia imagen se ha visto abruptamente modificada y el cuerpo ha tomado un lugar y unas características que difícilmente le permitirían volver a ser el mismo.

Ambos, imagen y cuerpo, han también trazado una sexualidad distinta que bien cabría examinar a la luz de la modernidad, o quizá, dentro de su irremediable opacidad.


Cientos de conferencias, libros, películas, materias y conversaciones de café han abarcado a la sexualidad y prácticamente, han vuelto visible todo lo que antaño fue manejado como secreto y oscuridad.

Basta ingresar a un curso, prender la radio, comprar un libro o video, acceder a la red o realizar una llamada telefónica a centros de ayuda y clínicas para resolver dudas íntimas de nuestro devenir.

La sexualidad no está más a la vuelta de la esquina, sino que ahora se ofrece a manos llenas en todos los medios. Incluso, la sexología se ha definido como una ciencia capaz de dar cuenta de todo lo sexual en el hombre y así, en aras del progreso, combatir la ignorancia y la resistencia.

No obstante, a pesar de la masificación de la información, mitos de orden sexual prevalecen en grupos reaccionarios de la política y la religión, siendo ocupados cual bastiones en el sostén de su poder. 

Por el momento, no se cuenta con la certeza sobre si dichos mitos serán destronados, implantando un concepto y una vivencia de la sexualidad completamente "científica". De lo que sí estamos ciertos es del bombardeo inacabable a nuestra pupila...

No ha sido coincidencia el pronto abandono de la pornografía escrita a favor del regocijo de individuos frente al video porno. Más aún, el azar no explica el ingreso multitudinario y cotidiano a la red para la elección de entre centenares de páginas electrónicas que presentan a la pornografía exhibida en todas sus variantes, agotando todos sus recursos; mientras que las ganancias millonarias casi se han vuelto parte de la economía formal.

Las causas y efectos se manifiestan en la modificación histórica, pero sobre todo, sensorial del cuerpo. El ojo se ha vuelto el órgano predilecto y con él, todos los encantos y desencantos atribuidos a la mirada.

Así, en la continua venta de imagen a la que estamos sometidos, la imagen del cuerpo vira hacia el moldeamiento de una figura perfecta, generando un curioso Frankenstein postmoderno.

Ahora bien, en nuestro actual absorto pornográfico no hay llamado alguno a las viejas fotografías del siglo XIX, pioneras de la pornografía visual en las que el erotismo era constitutivo y arrojaba de vez en vez el velo a los pubis de los modelos, o bien, ofrecía con sutileza los cuerpos de sujetos emocionados por las primeras experiencias de estar frente a la lente.

La rudeza y la llanura caracterizan a la pornografía actual, ajena a cualquier preocupación realmente estética. La consigna es el manifiesto inmediato de genitales, coitos y aparatos al infinito, constatando la materialización de absolutamente todas las fantasías sexuales y reduciendo el papel de la imaginación, -como proceso formador de imágenes internas-, a un ejercicio anticuado.

La fantasía ha encontrado un tope en la explosividad visual de la pornografía.

Desde todos los ángulos, bajo todas las perspectivas, la sugerencia de ese "algo" de la sexualidad ha quedado definitivamente clausurado y aniquilado en la mostración total.

No muy alejado se encuentra el universo informativo de lo sexual, pues los ámbitos sociales recién creados legitiman la pregunta sobre cualquier cosa, con el fin de que el deseo quede resuelto en manuales de acoplamientos, consejos de caricias y recetas de orgasmos.

Una vez que el SIDA se consolidó como la pandemia contemporánea, la invasión del Estado en la sexualidad se volvió evidente. Sinnúmero de prescripciones y normatizaciones atravesaron la intimidad de los individuos, convirtiendo las experiencias sexuales en cifras de alerta, desarrollando a su vez estrategias cada vez más fallidas de erradicación de la enfermedad.

Ya no somos tan fácilmente sorprendidos para abrir la alcoba y encuestar nuestros deseos, aportando un grano de arena al combate de las epidemias.

No cabe duda de que el SIDA generó también un cambio en la imagen corporal y en el comportamiento del ser humano frente a su sexualidad. No hay que olvidar que ésta es impactada por todos los frentes históricos, políticos, económicos, sociales, etc.; cosa que los filósofos intuyeron y dilucidaron con amplitud. Entre ellos, Michel Foucault, en su Historia de la Sexualidad, constata las variantes históricas de la sexualidad, es decir que no vivimos la sexualidad como antes ni como en todas las épocas; pero además, verifica que no es la sexualidad a partir de la cual la libertad del hombre se propondría, sino que es el dispositivo por excelencia a través del cual el poder se ejerce.

Pese a la lectura de Foucault, diversos grupos contestarios identificaron a la sexualidad como su bandera de independencia, a la vez que los grandes orientadores de conciencias: Marx, Marcuse y Reich, entre otros, marcaron la pauta para reformar el mundo vía de la revolución sexual.

No es menos curioso saber que a la par que dichos cambios acontecían, Kinsey, Masters y Johnson iniciaban un artificio mongólico: la recabación de datos, datos y más datos de orden sexual que sentarían las bases de la vanagloriada sexología de hoy día.

De esta manera, ¿estamos en el atisbo de una liberación de los cuerpos a través del conocimiento masivo y específico de la sexualidad, o simplemente nos anclamos con mayor fuerza a una especie de servidumbre imaginaria e informacional?

Giovanni Sartori, autor más contemporáneo, en su libro Homo videns, la sociedad teledirigida, realiza un examen crítico del hombre actual, acuñando el término de homo videns como la descripción de un ser primordialmente visual con una línea de desarrollo más involutiva que propiamente evolutiva.

La esclavitud a la masificación de la información y a la saturación de imágenes no han mas que inhibido el despegue intelectual, pero también, emotivo de la raza humana. Es decir, a la luz de lo que ha vuelto visible lo invisible y sabido lo secreto, nos condenamos a una vuelta a las cavernas. Quizá, esta vez, a las más oscuras que se hayan conocido.

La luz de la sexualidad, su energía, su experiencia, sus propuestas, gracias al ámbito de hipersaberes e hiperimágenes, se han tornado hacia una opacidad irremediable que nubla su verdadero brillo.

Es sugerible así que la producción masiva de pornografía no es tan alejada de la producción masiva de saber sobre el sexo, pues ambas están en el mismo orden actual de enajenación y normatización.

¡Qué añoranza del Freud vienés en el que la sexualidad era oculta y pretexto de cuadros clínicos! 

Para la Clínica es todo un reto anticipar las nuevas formaciones derivadas de la servidumbre visual e informativa.

¿De dónde tomarnos para proponer una corriente alterna, ahora que la sexualidad, anclada en la imagen y en la información, casi nos ha sido arrebatada del cuerpo propio?

En suma, una pregunta más que se antoja como final: ¿cómo recuperarla y devolverla a la intimidad que por siglos le ha dado su esencia?

 

Por: Psic. Alejandro Juárez Buchán

*Texto propuesto para internet y publicación escrita.

 

Bibliografía sugerida:

Foucault, M. (1996). Historia de la sexualidad. Tomos I, II y III. México: Siglo veintiuno editores.

Kinsey, A. (1967). Desviaciones funcionales de la sexualidad. Buenos Aires: Escuela.

Masters, W., Johnson, V. Y Kolodny, R. (1995). La sexualidad humana. Barcelona: Grijalbo.

Reich, W. (1993). La revolución sexual. México: Planeta.

Sartori, G. (2002). Homo videns. La sociedad teledirigida. México: Taurus.