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Viaje a Monte Albán: El relato

Por Martha Sánchez Llambí 

"Cuando la cristiandad nació en Palestina, tres culturas empezaron su ascenso en México, hacia lo que los antropólogos llaman el Horizonte Clásico.
Este período abarca el surgimiento de los gobiernos teocráticos del centro, sur-centro y sur de México. Una jerarquía de sacerdotes, representantes de los dioses, llevó a término la construcción de:
a)Teotihuacan en el centro
b) La nación Maya en el sur
c) La civilización en Monte Albán localizada en el sur-centro"

EL VIAJE 

Ya está. Creo que tengo todo lo que necesito: ropa para cinco días, botiquín de primeros auxilios, lámpara de mano, libreta de apuntes, frutas deshidratadas por si nos da hambre, agua, el regalo para Don Jacinto, dinero, llaves del auto. Perfecto. Claudina seguramente me espera ya, siempre es puntual.

La ruta está libre a esta hora, llegaré en 10 minutos. Son las 5:15 AM

Realmente ha sido un golpe de suerte haber conocido a Samuel hace una semana. Aunque acepto las causalidades (la sincronía del universo que orquesta nuestros actos), en aquel momento no creí que la realización de mi deseo pudiera darse tan pronto. He estado buscando a un curandero de a de veras, debo hablar con un chamán que posea la sabiduría de las tribus guerreras cósmicas. Es preciso. Tengo muchas preguntas. Mi primo Guillermo posiblemente no comulgue con mis ideas, pero fue muy amable en presentarme a su gran "cuate" de tantos años, escritor y abogado como él.

Samuel empezó a hablarme como si fuéramos viejos amigos. A los diez minutos de plática me dijo que yo tenía que conocer a Don Jacinto. ¿Cómo supo? Bueno, yo ya no cuestiono nada, sé que todo fluye en el momento adecuado. Así que estoy en camino a Oaxaca para encontrarme con este hombre de quien Samuel habla maravillas. En verdad no le conté a Samuel exactamente qué estoy buscando, pero él me dijo que mis preguntas iban a ser contestadas. Estoy llena de expectativas y con un poquito de temor porque son muchas horas de carretera. Recuerdo el camino a Oaxaca lleno de curvas, angosto. Quizá ya lo arreglaron. Hace 10 años que fui por primera vez. Quiero recordar todo lo que leí sobre Oaxaca para no mostrarme ignorante frente a Don Jacinto.

El libro explica que Monte Albán se encuentra sobre la cima de una pequeña montaña y la construcción forma un rectángulo limitado por pirámides y altares. Sus pobladores vivieron en un principio al norte de Oaxaca, después viajaron por lo que ahora es el Estado de Puebla, y finalmente regresaron al sur hasta su desaparición como tribu guerrera. Sus descendientes conservaron la misma lengua. Los mixtecos ayudaron a construir la pirámide de Cholula en Puebla cuya base cubre 5 hectáreas y se dice que es la de mayor superficie en nuestro planeta.

Lo que más me sorprende es que, al parecer, una raza desconocida inició la construcción y luego otras culturas la terminaron. ¿Cuál sería esa raza desconocida? El texto dice que bajo la gran pirámide de Cholula existen 10 kilómetros de túneles en cuyos muros se observan vestigios de pinturas rupestres.

Los mixtecos narraron su historia sobre pieles de animales, con gran profusión de colores. Toda una cosmogonía con leyendas, chamanes, estrellas. En sus códices hablan de un gran héroe-rey llamado Venado Ocho. Llevaba una garra de tigre en una mano y bajo su figura había 8 pequeños círculos bajo una cabeza de venado. En el año 1045 Venado Ocho fue a Tula, la capital del Imperio Tolteca. Ce Acatl Quetzalcoatl ya había abdicado. Allí, el gran sacerdote sometió a Venado Ocho a la dolorosa perforación de su nariz para recibir la sagrada joya que simboliza la condición real. Los códices hablan de algo que todavía es un misterio para los antropólogos; se trata de la visita de Venado Ocho y el rey de Tula a un importante personaje que se dice vivió en la Colina del Sol. Pudo haber sido el lugar en donde Quetzalcoatl enterró los restos de su dios padre, pero nunca se ha encontrado nada que revele ni la identidad de este rey ni el lugar que los dos personajes visitaron.

Me pregunto si se trata de lugares que viajeros estelares marcaron con señales que solamente ellos pueden leer.

Luego se descubrieron varias tumbas en donde había ofrendas a base de cristales, ámbar, obsidiana, pero fueron los objetos de oro los que han hecho famosos a los mixtecos en todo el mundo; las copias de las cabezas mixtecas son reproducidas en prendedores y collares para deleite de los turistas. La cultura tolteca decayó, y es una lástima porque fue un pueblo de gran sabiduría, pero los mixtecos continuaron su evolución por un tiempo.

Ahí está Claudina. ¡Cuánto trique lleva!

 

- Hola amiga. ¡Oye, solamente vamos a estar fuera cinco días! ¿Qué tanto llevas?
- Una nunca sabe qué tipo de cámara va a necesitar así que me traje las tres.
- Bueno, al fin tú las cargas.
Coloco su equipaje en la cajuela y me enfilo hacia la salida para Puebla.

Después de 7 horas llegamos al hotel en Oaxaca. Me muero de hambre. Comeré algo, además, me regalaré una siesta para reponer energías. Samuel me dijo que se hace como una hora hasta la casa de Don Jacinto. Si salgo a las 4 de la tarde llegaré bien, con mucha luz; con este calor supongo que la puesta del sol será cerca de las siete de la noche. Claudina va a sacar fotos. Tengo curiosidad por ver la relación que va a hacer entre fotografías - sobretodo de las ruinas - y su pintura. Es tan creativa que algo increíblemente bello va a salir de este plan medio loco que tiene. Ella con sus fotos y su pintura. Yo con mis investigaciones sobre las energías. No me basta comprender la energía de las plantas, necesito sentir a fondo cómo se manifiesta la energía del ser humano, ponerle palabras, vivificar más.

 
HACIA LA CASA DE DON JACINTO

Llevo cuarenta y cinco minutos de ruta. Las instrucciones de Samuel coinciden hasta ahora; ya di vuelta a la izquierda para entrar al camino de terracería. Aunque voy despacio, el auto levanta una nube de polvo espantosa. La boca me sabe a tierra. Seguramente ya falta poco.

Bueno, ahí están los tres olivos. ¡Vaya que están viejos los pobres! Con razón Samuel me dijo que eran como troncos momificados. La casa de Don Jacinto debe ser... ¡ésta! Al fin. Me tomó exactamente una hora.

Por la puerta de madera labrada aparece un hombre como de 60 años, pelo entrecano, bigote no muy tupido, pantalón de mezclilla, camisa blanca... humm... bonito paliacate, a ver si encuentro uno igual para ponérmelo en la cabeza, como él.

- Buenas tardes, usted debe ser la Srita. Silvia. Bienvenida.
- En efecto, Silvia Morales Mendoza. ¿Don Jacinto?
- Para servirle, Jacinto álvarez Tapia. Pensé que vendría mañana temprano. Samuel me avisó. ¿Qué tal el viaje? ¿No se cansó mucho?
- No, fue más rápido de lo que imaginé. La carretera está en buenas condiciones. Decidí venir hoy mismo porque no cuento con mucho tiempo.
- Pase, pase usted. Le voy a presentar a mis nietos, Juana de 10 y Tomás de 12 años. El resto de la familia se fue a la playa. Mis nietos y yo acabamos de regresar. Tenemos que dividirnos para no dejar solos los cultivos y la huerta. Alguien tiene que cuidarlos. Mañana se los mostraré.
- Ah, pero yo pensé que después de hablar con usted me regresaría al hotel.
- Señorita Silvia, ni siquiera sabemos de lo que vamos a hablar. Es mejor conversar sin prisas, luego cenaremos y nos iremos a la cama porque mañana temprano le voy a mostrar un lugar, eso es lo único que sé.

Nos sentamos en cómodos equipales. Los niños me ofrecen limonada que me sabe a gloria. Le pregunto a Don Jacinto cuántos años lleva viviendo aquí, me dice que treinta; se queda pensando y confirma: si, treinta porque cumplí los cincuenta aquí. Ante mi cara de asombro me pregunta ¿qué edad me calcula? Francamente - le digo - como 60, Don Jacinto. Ríe de buena gana y agrega, acabo de cumplir 80.

Me pregunta sobre mis actividades. Le cuento que soy masoterapeuta, que me dedico a las medicinas alternativas, a la investigación sobre herbolaria, trabajo en fitomedicina, aromaterapia y esencias florales. Le cuento sobre mis cultivos y luego él me habla de los suyos. Le entrego el regalo que le traje (sugerencia de Samuel). Lo abre y su rostro dibuja una sonrisa al tiempo que me agradece. Lo palpa. Se muestra complacido. Me dice que ese cuarzo tiene la proporción exacta, y agrega que le será de gran utilidad. Al poco rato entran sus nietos. En sus manos llevan un platón de barro verde vidriado lleno de tamales humeantes y una jarra de barro negro con atole. Es un banquete. Los tamales me vuelven loca. Bebo taza y media de atole. De pronto el sopor me vence. ¿Qué va a pasar ahora?

Don Jacinto me pregunta si prefiero la camita o la hamaca. Qué alivio, porque ya no puedo platicar ni un minuto más. Le digo que la hamaca. Me dan miedo las arañas y los alacranes. En la hamaca estaré mejor, la cama puede tener bichos por debajo. Me dejan sola en esta habitación que seguramente es el estudio. Hay dos gruesos libreros, una mesa de trabajo, un aparato de música y varias hileras de CDs. En un rincón está recargada una guitarra y sobre la mesa de trabajo, un violín. Entre los libros alcanzo a ver dos flautas dulces y un tamborcillo. ¡Qué bueno que tocan música!

De mi bolsa saco la botella de aceite esencial de abedul que siempre me acompaña. Rocío unas gotas sobre la gruesa cuerda de algodón que remata cada extremo de la hamaca, justo en donde se cuelga de la alcayata y también un poco más abajo. Si algún bicho trata de deslizarse hasta mi persona, el olor del abedul lo detendrá. Huele a medicina, es muy penetrante, pero maravilloso como analgésico, es parte de mi botiquín portátil. Ya me siento mejor. Ahora, a dormir.

Oigo cantar un gallo y espero la respuesta de otros a la distancia. No hay nada mejor para mí que ser despertada por un gallo. Siento una presencia y me incorporo sobresaltada.

- No se asuste señorita, me susurra Juana, soy yo. Dice mi abuelito que se aliste.
Veo el reloj. Son las 5AM. ¿A dónde vamos a ir tan temprano?
- Está bien Juanita, dile que ya voy.

Me dirijo hacia el lugar desde donde proviene la voz de Don Jacinto. Está en la cocina. Me acerca una taza de té. Bebemos en silencio. Don Jacinto toma un itacate de blanquísima manta y me hace señas. Me lleva hacia el huerto. Me dice que observe los árboles con los ojos entrecerrados. ¡Ah, eso ya lo conozco! Comentamos sobre la energía de las plantas, la bruma que desprenden cuando uno hace contacto y los ve con amor. Todos los frutales están sanos y vigorosos. Sus matas de albahaca, perejil y yerbabuena son enormes. Cuando me acerco percibo su aroma sin necesidad de tocarlas. Empiezo a conocer a este hombre cuya paz me cobija. Observo como si fuera una cámara de cine recorriendo la escena en full shot. Disfruto la misma plenitud que he recibido de mis propios cultivos. Mis ojos se llenan de lágrimas. En ese momento mi anfitrión me dice que debemos irnos ya. Subimos al coche. Los niños se quedan para esperar a su madre y al resto de la familia que llegará para el almuerzo. Don Jacinto me dice que tome el mismo camino que me trajo acá y que luego siga las indicaciones para llegar a Monte Albán.

En el camino me cuenta la historia de los Mixtecos y sus lugares sagrados. Su narración es similar a la que ya conozco, más bien, a la que repasé antes de venir acá porque mi memoria estaba un poco empolvada. Sin embargo, sus palabras y el tono que emplea (no sé por qué lo siento distinto) me dicen algo más. Creo que estoy entrando a un espacio secreto.

Llegamos a la parte menos conocida de este bello rectángulo que el turismo visita. Me estaciono cerca de una roca dos veces más alta que yo, plana, angosta como un obelisco. Caminamos hasta ella. Don Jacinto me pide que me pare dándole la espalda y mire hacia el frente. Una imponente estela destaca como a 20 metros. En voz cada vez más suave Don Jacinto me va dando instrucciones. "Respire profundo. Limpie su mente de toda expectativa. Haga de cuenta que está parada en el centro de una carátula de reloj. Ahora dé dos pasos hacia las 11 horas."

¿Qué fue eso? La tierra está temblando. No, soy yo la que tiembla. Mi cuerpo está vibrando con fuerza, algo me levanta, siento que estoy suspendida como a un metro del suelo. Veo cosas que pasan frente a mí y al mismo tiempo sigo viendo la escena anterior, los muros de las ruinas, las grecas, la estela frente a mí, los árboles y los matorrales. No veo a Don Jacinto. Quiero voltear hacia atrás pero no puedo, me siento muy ligera y al mismo tiempo voy hacia adelante tratando de pasar a través de una atmósfera gelatinosa. 

Escucho ruidos desconocidos. Algo atraviesa mi pecho, pero no me duele. Estoy rodeada por cristales de cuarzo de diferentes tamaños. Son como los muros de un lugar fantasmagórico; veo formas borrosas, creo que me tienden sus brazos, parecen docenas de manos que suavemente me levantan y... me lanzan hacia arriba. Estoy viajando a gran velocidad. No puedo mantener los ojos abiertos. El ruido es insoportable. No siento mi cuerpo. No puedo respirar.

Abro los ojos. Don Jacinto sacude mis hombros y me pregunta. "Señorita Silvia, ¿se encuentra bien? Respire profundo. Estoy aquí con usted. Respire lentamente." Me doy cuenta que estoy en el suelo, tirada, Don Jacinto está en cuclillas. Estamos en el mismo lugar que marcó el inicio de los pasos hacia las 11 horas.

- Señorita Silvia, dígame ¿qué sintió?
- No sé, todo fue tan rápido.
- No tanto. Estuvo usted adentro del vórtice una hora.
- ¿El qué?
- El vórtice, eso que vino a buscar.
- No puede ser, yo solo sentí que atravesaba una capa gelatinosa y luego algo me lanzaba al espacio. Pero, vi... unos cristales de cuarzo enormes, no sé si eran blancos o de colores, si, creo que tenían color algunos. Luego vi unas sombras, vi brazos y manos, o lo que creí que eran manos. Me tomaron con suavidad y ... me lanzaron con fuerza. Y luego ya no supe más.
- ¿No sintió nada más?
- Nnn...no creo... Ah, sí... sentí que algo atravesaba mi pecho, aquí.
- Ah... eso está mejor
- ¿Por qué?
- Dígame qué sintió.
- Eso que me atravesó... bueno, creo que realmente no fue así. Creo que no fue algo del exterior sino del interior de mi pecho. Aquí, atrás del timo.
- ¿Sí? - Creo que algo se abrió, como que se formó un hueco, no, más bien, como una caverna... no, no, no... un nicho en donde apareció una luz color naranja, no, no es eso... un resplandor, si, un resplandor, que genera un calor intenso como la lava ardiente, como cuando se bota el domo de un volcán. Era bellísimo ese resplandor.
- Y ¿cómo se sentía usted?
- Ah... pues bien, muy bien... fuerte. Se va a reír usted de mi Don Jacinto, pero lo que sentía era una gran seguridad, quería viajar por el espacio, como que sabía muchas cosas... sentía que había una sonrisa en mi rostro, ¡estaba feliz!
- ¡Ah!
- ¿Cómo que "Ah"?
- Sí, su viaje tuvo éxito. Ahora ya sabe. No, no me pregunte más. Camine un poco por estas piedras. Sienta su energía. Tóquelas si quiere. No hable con nadie. Después regrese a su hotel. Yo la volveré a ver en tres meses, si usted decide volver. Entonces charlaremos. Sé que Samuel vendrá también. Seremos varios y tendremos una reunión muy agradable, se lo prometo. Ahora la dejo. Caminaré hasta el entronque para tomar el autobús. El itacate es para usted. Que tenga feliz viaje. Ha sido un honor conocerla.

No puedo creerlo. ¿De qué se trata todo esto? Empiezo a caminar. Pero no siento el piso, es como si flotara. Poco a poco vuelvo a la realidad. El aire está tibio. Una luz entre amarillo y verde ilumina los muros de Monte Albán. Me recuerda a la claridad que surge cuando en una parte de la ciudad hay nubes negras y en la otra estamos iluminados por el sol que muere. La lluvia aparece, ligera, pero no alcanza a opacar el resplandor del atardecer. El perfecto color rosado que disfrutamos en una puesta de sol, en ese momento se transforma en un brillante amarillo-verdoso. Siempre me ha sorprendido esa luz tan especial, tan clara, como si se tratara de millones de focos de gran potencia. Así la percibo ahora. Parece que las grecas van a salir disparadas de los edificios. Tienen vida, palpitan. Son extraordinariamente bellas. Nunca antes las supe apreciar. ¿Cómo es que nos olvidamos de nuestras más preciadas reliquias?

Percibo algo en mi pecho. Me llevo la mano al sitio que conozco como el lugar del timo. ¡Qué bien se siente! Pero, ¿qué es lo que siento? No puedo describirlo, es algo nuevo y al mismo tiempo es algo que ha estado allí siempre. Siento ganas de volver la cabeza como en busca de alguien. Miro hacia atrás. Allá está Don Jacinto. Corro hacia él. Su sonrisa es tan serena y protectora, como si me estuviera esperando.

- Don Jacinto. Ya sé, ya sé. (Le muestro el lugar en mi pecho) Es aquí, aquí donde está la conciencia, no en la mente. Están conectadas la mente y este lugar por un hilo muy fino, tiene el color que vi en los cuarzos. No pueden separarse, sin embargo, es en el pecho en donde nace. Puede pasar por la garganta para que le demos sonido a esa fuerza única que recibimos del universo. El lenguaje nos permite emitir la onda de longitud, la dimensión, las frecuencias, el nivel en donde debemos estar siempre, para ir adelante, para trascender. Si no permitimos a la conciencia manifestarse en palabras no podemos llegar a la mente. Debemos fijarla, mantenerla en ese espacio y con la energía adecuada. El hilo que nace de la conciencia es como de metal, solamente lo tenemos los seres humanos. Forma una fina red porque va desde el pecho hasta la parte posterior de la garganta; en esa cavidad emite frecuencias y luego abre su malla metálica hacia el cerebro. Se conecta con la pituitaria, con el sistema límbico de la memoria y con el espacio que rige la mente. Don Jacinto, esa red me recuerda el delicado tejido de las redecillas que tejían las mujeres en Brujas... es exquisita... una sorprendente tela de araña metálica. Tanto que se habla de la conciencia... No sabemos, no sabía... la gente no tiene idea... ¡Claro!, tenía que estar en el pecho, en el lugar de los afectos, el lugar en donde percibimos el amor. Uy, ¡qué felicidad! Estoy contentísima. Esto era lo que buscaba.
- Tranquila, señorita Silvia, tranquila. Debe descansar. No se agite. Todo irá saliendo poco a poco. Tiene usted un cúmulo de sabiduría en su ser. Debe revisarlo con calma. Pensé que no iba a reaccionar, pero ya ve, sucedió, porque hizo usted un viaje muy valiente. Ahora sí me voy. Hasta pronto.

Me da un beso sobre la frente y hasta ese instante me doy cuenta que sus manos cubren mi cabeza. Son cálidas, más que eso. Me acompaña hasta mi auto y luego se aleja lentamente. Entro al auto y veo el itacate. Abro el amarre y mi ser se llena de gozo. Don Jacinto me ha regalado un quesillo, ate de fruta y polvorones hechos en casa. El olor a canela se esparce de inmediato. Mi estómago grita dolorido y ávidamente empiezo a comer un polvorón. Hay otro pañuelo de manta, bordado con rojos, amarillos y verdes tan brillantes como si nunca antes hubiera visto semejante tejido. Los colores me parecen totalmente diferentes, son más vivos, respiran. La tela está repleta de animales y estrellas. Voy a estudiar este bordado porque sé que narra una historia, como los bordados huicholes. El pañuelo guarda tres plumas maravillosas. Quizá son de halcón o de aguililla. ¡Qué hermoso regalo! Tomo una y la paso sobre la palma de mi mano. Siento su energía. La emoción hace que se me enchine la piel. Dentro de tres meses le pediré a Don Jacinto que me enseñe a usarlas para curación.

Regreso al hotel. Es medio día ya. Me encuentro con mi amiga que se dispone a ir al mercado, al grandioso mercado de la Ciudad de Oaxaca; allá almorzará y tomará fotos. Después de abrazarla le digo que la voy a acompañar todo el día, almorzaremos y me deleitaré viendo canastos y cazuelas de barro. Visitaremos todas las iglesias. Mi querida Claudina sabe que en su momento podré contarle todo lo que experimenté gracias a ese hombre maravilloso, sabio chamán, que desde hoy es mi gran amigo.

Por Martha Sánchez Llambí